Konstantine is walking down the stairs

Wake up lying in a patch of four leaf clover

Nina

August 7th, 2012

Origenes: Lira.

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Jace esperó un segundo, luego dos. Al tercero, Lira sabía que su hermano había perdido la paciencia, así que no le fue difícil esquivarlo y darle un varazo en el revés de la mano, haciendo que tirara su propia vara.

- ¡Ouch! ¡Lira, eso no es justo!

- Todo es justo en el amor y la guerra, hermanito.

Su hermano hizo un gesto con eso y Lira rió, inclinando la cabeza hacia un costado.

- Te he dicho que eres demasiado impaciente. Tienes que saber cuándo esperar, Jace, y el momento adecuado para actuar.

- Lo dices cómo si fueras un caballero - gruñó su hermano. Nunca había sido muy bueno aceptando una derrota, algo que la misma Lir podía entender. Era, prácticamente, algo de la familia Ma'ti, la necesidad de ser los mejores (y el porqué, diría su padre, porqué era que el ser comerciantes era el mejor trabajo para todos y sí, Lira, eso te incluye a ti).

- Bueno, lo seré pronto.

La molestia de su hermano desapareció con eso, los ojos enormes en ella (y siempre se preguntaba si ella ponía la misma cara: tenían las mismas facciones, los mismos ojos claros y, dioses mediante, la misma testarudez).

- ¿Ya convenciste a papá y a mamá?

- Uh. No precisamente.

- O sea que dijeron que no. Ay, Lira, ya ves...

Era un pleito que llevaba más de un año y, para su mala desgracia, era bastante obvio que la testarudez que ella y Jace tenían era obviamente por parte de sus padres. Cuándo Lira había sido una niña pequeña, claro, que se pusiera a decir que iba a ser un caballero era algo gracioso que se podía contar entre risas en los festivales de primavera.

Que a los quince ya hubiera tenido sus maletas listas, no lo era tanto, o al menos no para sus padres. Era todo un año que llevaban discutiendo - por ponerlo en términos amables - y ninguno de los dos parecía querer dar su lado a torcer. Así que ella ya estaba tomando cartas en el asunto.

- Y tampoco es eso precisamente - agregó, sabiendo que iba a causarle curiosidad a su hermano y no haciendo nada para mitigarla, en lugar de eso yendo a donde había dejado el atado de aves que habían casado ese día, al igual que colgarse su arco y carcaj al hombro otra vez-. Vámonos, que todavía tengo que llegar a limpiar estas.

- ¡Lira, cómo que no precisamente!

Rió sin decir nada, sin esperar a que Jace levantara su propio arco y flechas y las moras que el pequeño glotón había decidido juntar también. Su caballo Suspiro esperaba con las canastas ya montadas, así que Lira sólo metió la caza ahí, sacando un puñado de semillas para dárselas, acaruciando su flanco.

Jace llegó corriendo tras de ella. Todavía era algo pequeño para su edad - y ella alta para la suya, o eso le decía su madre con frecuencia - así que le costó mucho trabajo no soltar el 'awww' ante el puchero que el niño de diez años tenía.

- ¡Lira, tienes que contarme! ¡Si no me dices ahora, yo--!

Antes de que su hermano pudiera pensar en algo lo suficientemente terrible, Lira tuvo compasión de él.

- Mira, te diré, pero no puedes decirle nada a nadie, ¿de acuerdo? ni siquiera a Nana.

Jace asintió, muy serio, y cruzó los dedos sobre el corazón. Lira sonrió antes de arrodillarse.

- Escaparé para unirme. Estuve investigando y a los dieciséis ya no necesito permiso de mis tutores. Sólo necesito las tres monedas de oro para el examen, y esas...

- Las terminarás de conseguir con la caza de hoy - murmuró Jace, antes de que sus ojos se volvieran a abrir, emocionados-. ¡Hermana, eso es maravilloso, quiere decir que... serás un caballero de verdad!}

Volvió a reír, tan emocionada como Jace, más aún cuándo su hermano, que ya estaba en la edad de decir 'fuchi, niñas' se movió para abrazarla.

- ¡Si todo va de acuerdo al plan, yup! Ahora, recuerda que no puedes decir nada.

Jace resopló, pero seguía sonriendo cuándo se separó, los ojos brillantes.

- Duh, eres mi hermana, claro que no diría nada.

Lira rió, desordenando el cabello de Jace y subiendo al caballo antes de ofrecerle un brazo para que se trepara al fin. Su padre le había prometido a Jace que sí, para su próximo cumpleaños ya tendría su propio caballo, y desde que se lo había dicho, Jace contaba los días: ya que estaba en la marca de los trescientos, había empezado a pedir pistas sobre el color, tamaño, si era macho o hembra, y ni su padre ni su madre habían contestado. Incluso Lira, que hacía los libros semana a semana, sólo sabía que era un caballo del pueblo vecino y nada más.

Pasaron el camino de regreso a su granja riendo y charlando, Lira prometiendo escribir y volverse pronto, lo antes posible, un caballero, que protegería inocentes de los villanos, salvando príncipes y princesas en peligro, Jace jurando que él se encargaría que siempre tuviera los mejores caballos, las mejores espadas, los mejores arcos.

Se interrumpieron por el silencio que había en la granja. El sol se ponía, pero aún así tendría que haber habido actividad: gente regresando a los animales al granero, llevando más verduras dentro de la casa, Nana metiendo la ropa, algo. Suspiro se movió, nerviosa, y Lir se tuvo que agachar para palmotear su cuello.

- ¿Lira?

Se bajó con una sonrisa hacia Jace que no sentía del todo.

- Espérame aquí, ¿de acuerdo? No tardo.

La cocina estaba vacía, pero no de una manera que tuviera sentido: había comida en la lumbre, una olla borboteando con agua ya hirviendo. Ninguna de las personas que ayudaban estaban ahí. Sintiéndose algo ridícula, Lira se quitó el arco y puso una flecha, acercándose despacio a la puerta, empujándola abierta. Iba a conseguirse una buena regañiza cuándo su padre la viera, metiendo lodo a la casa.

Nadie en la sala, pero seguía la misma sensación incorrecta. Lira se asomó a la escalera antes de ir hacia un lado, hacia el estudio de sus padres donde podía escuchar, apenas, algo de ruido. Algo siendo tirado.

No llegó a ver quién estaba ahí. Antes de que se acercara, la luz le dibujó la silueta de su vieja Nana en el suelo, su estómago abierto derramado en el suelo y tuvo que morderse la mano para no gritar. Podía escuchar ruidos de arriba ahora, de las habitaciones y, aún con la penumbra de la sala no iluminada, se le antojó que podía ver sangre en las paredes.

Jace.

Tratando de calmar el grito que tenía atorado en la garganta, Lira volvió sobre sus pasos, el latido de su corazón demasiado fuerte. Dioses, la escucharían. Podrían escucharlo. Tenía que salir y llevarse a Lir, ir al centro del pueblo, conseguir ayuda.

Cuándo la puerta se abrió, giró con la flecha lista para volar, encontrándose con la carita de Jace.

- ¿Lira, qué--?

Eso sí lo habían escuchado. Lira soltó la flecha, moviéndose a tapar la boca de Jace, empujándolo a la cocina, ignorando sus protestas, jalándolo hacia la alacena. Los habían escuchado, pero en la cocina había cuchillos y el agua hirviendo y quizá si sólo eran dos, quizá si sólo era que dos ladrones habían llegado podría...

- ¡Quédate aquí y no salgas! - ordenó, metiéndolo y cerrando la puerta, sacando otra flecha.

Lira mató a su primera persona a los dieciséis años en la cocina de su casa cuándo abrió la puerta. La segunda ya no murió así: la flecha que el primero recibió en el ojo lo había advertido, pero la recibió en el brazo y eso le permitió tomar el cuchillo grande para carne y cortarle la garganta. El tercero recibió un corte en el brazo y ya no fue la tercera persona muerta, sino alguien que entró para atacarla.

Y la cuarta persona entró por la puerta del jardín y su cuchillo se clavó en su espalda. Sintió cómo le cortaba la espalda, la sensación de fuego y de pánico en la boca del estómago... y más que eso, en todo el silencio que había en su vida, el grito de Jace. A ella la empujaron al suelo, malherida, y Lira vio a su hermanito salir de la alacena, corriendo hacia ella y, lo peor, vio como uno de los hombres lo agarraban de la cintura y lo levantaban, llevándoselo cómo si fuera un costal mientras Jace gritaba su nombre.

Y entre el dolor de su espalda y su corazón, ya no vio otra cosa.

**

Le dolía todo, respirar, no respirar, estar boca abajo. Quiso moverse pero hubo manos en sus hombros que evitaron que lo hiciera.

- Niña Ma'ti, no haga eso, empeorará sus heridas.

Reconoció la voz levemente - ¿una de las criadas de la granja? - pero ese reconocimiento hizo que recordara todo, e hizo que Lira ignorara lo que le decían, más despacio de lo que ella hubiera querido, Lir se empujó con brazos que de repente eran de goma para sentarse. Estaba en un carro, una docena de personas de su granja, cuándo había habido al menos cincuenta trabajadores - llevaban a personas heridas, algunos caballos, algo de ropa.

Sólo estaba ella de la casa grande y, en el horizonte, el atardecer.

No, no el atardecer. Fuego. Llamas por donde viera, incluso más hacia atrás, donde estaba Desi y todo el pueblo. El campanario de la Iglesia, que siempre había sido el edificio más grande, aún estaba en pie, pero con las llamas trepándole por encima. Aún se escuchaba gente gritando y suplicando por una clemencia que no existía.

Ya nada existía.
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